domingo, 19 de abril de 2015

Consciencia

Ayer dimos los Artefactum un concierto en el Monasterio de San Jerónimo de Sevilla. Lo hicimos a trío. Con lo más básico. Los tres fundadores.
El claustro renacentista donde tuvo lugar el evento es uno de los más grandes de España. Al principio, por sus dimensiones y al ser solo tres los que estábamos encima del escenario, nos pusieron equipo de sonido. Al terminar la primera pieza y viendo la acústica natural que había en el claustro, decidimos quitar los poco estéticos pies de micro y seguir el concierto "a pelo". A partir de ese punto empezó la magia. En una de las piezas instrumentales fui consciente de dónde estaba y qué era lo que estaba haciendo. Fui absorbido por la belleza del entorno y transportado al punto a un lugar lejano, familiar y soñado desde ya no sé cuánto tiempo. Me rodeó un escalofrío muy difícil de explicar: era como si cada uno de los arcos del claustro me acariciaran el alma. Como si cada uno de ellos me contara una historia y por medio de la música que estábamos tocando se la transmitiéramos al público allí presente. Mientras tocaba mi zanfoña pasaba con la mirada por todo aquel marco y a medida que esto sucedía era como si levitara de mi asiento unos centímetros. Algunos dirían que una experiencia mística, pero no. No fue algo místico. Fue una especie de "memoria genética" que me hacía recordar pasajes pasados. Fui consciente de lo afortunado que soy. A mi lado, dos grandes amigos. Dos grandes compañeros. Dos grandes músicos. Y yo con ellos haciendo lo que más me gusta en la vida: crear. Cuando a mi edad se mira para atrás y ve que los sueños e ilusiones que se tenían en la adolescencia se ven cumplidos, te invade una de las sonrisas más puras que el alma pueda reflejar. Así me llevé el resto del concierto. Con el alma sonriente.


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